
AL SILENCIO
Cuando mi alma embelesada canta
allá dentro del pecho extasiado,
mi labio está callado,
mi vista absorta, estática mi planta,
y solo en triste giro
rompe el silencio con algún suspiro.
Mientras… la noche en negra colgadura
enluta el orbe; callan las praderas; en las solas riberas
apenas el Océano murmura;
y el silencio prosigue,
y mi anhelante corazón le sigue.
Las fúlgidas estrellas centellean;
giran miles de globos por los cielos.
En prolongados vuelos
los funestos planetas se pasean,
y todo calla… En tanto
cunde en silencio el tenebroso manto.
Temblorosa, Diana se presenta
el ámbar del rocío destilando: huye y vuela callando;
llega la aurora y el silencio aumenta:
arde el sol encendido,
arde inmenso, y no oye su ruido.
¡Salve, salve, silencio majestuoso!
Sigue, callando, tu eterna carrera:
mientras de esta ribera,
mirando al mar y al campo nebuloso,
solitario palpito…
El ruidoso gozar no necesito.
¿Qué era un tiempo la grata melodía
que en el vergel umbroso resonando,
y el eco fiel y blando
que mi amor y mis penas repetía,
si, mientras más sonaba,
más mi pecho afligido se apenaba?
En este valle y fúnebres retiros,
oí un día mil plácidos acentos,
amorosos lamentos,
cánticos tiernos, débiles suspiros…
¡Y del son regalado,
sólo un recuerdo ingrato me ha quedado!
Oí, por las cabañas de esta orilla,
mil repetidas quejas elevarse;
al pastor lamentarse,
al pescador gritar de su barquilla;
y en sus alas, el viento
prolongaba el tristísimo lamento.
Allá, en las puertas de ciudad oscura,
sólo tristes murmullos me aterraban;
en derredor zumbaban
confusos gritos de maldad impura
con audacia funesta,
mientras callaba la virtud modesta.
¡El cavernoso abismo, de su seno
abortó los tiranos y la guerra!
Gimió do quier la tierra:
tembló la mar al pavoroso trueno,
y donde se mostraron,
allí la humanidad encadenaron.
No es mío, no, los ayes lastimeros
con que en los campos la miseria llora,
ni recordar ahora
quiero vanos placeres pasajeros;
no humeantes murallas,
ni el sangriento fragor de las batallas.
Que, recostado en estas rocas, quiero,
lejos huyendo el turbulento mundo,
el silencio profundo
de la noche abarcar; y el orbe entero
—cuan compasadamente
eterno marcha— contemplar mi mente.
Sí: cual oculta el remontado cielo
la sublime verdad en su tesoro,
así el placer que adoro
cubre su faz de silencioso velo;
y el que en su seno goza,
mientras se oculta más, más se alboroza.
La noche, el mar, los cielos no acabados,
los campos y desiertos extendidos,
los ojos encendidos
do prende amor en vuelos abrasados…
Todo en silencio mueve,
y el alma mía en su quietud se embebe.
Y como alguna vez ruge el Tonante
con sorda tempestad, porque más puro
brille el etéreo muro;
o, cual se opone al triste caminante
desierto inanimado
porque más goce en el vergel cuidado,
así exhala natura breve acento,
que más vivo el silencio resucita.
Más amante palpita
el corazón en fatigado aliento,
y, de variar gustoso,
torna más dulce al plácido reposo.
Tal de noche las aguas sonorosas
se oyen bramar: retiemblan las montañas,
de sus hondas entrañas
lanza el abismo voces temerosas;
y otra vez se adormecen,
y los lúgubres ecos enmudecen.
Mientras, suspira el viento en la floresta,
el río se desliza murmurando;
la fiera, vagueando,
lanza por las tinieblas voz funesta.
Se queja Filomena…
y mi amada tal vez llora su pena.
Sí, mi amada, mi bien, mi dulce Lina
a mí se acerca, y mudos nos hablamos;
en silencio gozamos,
y mi frente en su seno se reclina;
nuestros pechos se oprimen,
y nuestros labios ¡ay! aman y gimen.
Gimen, sí, gimen el sollozo ardiente
que en el seno agitado al fin prorrumpe.
Mi placer no interrumpe,
mas extasía la embargada mente;
y cuanto más suspira,
más, en silencio, el corazón delira.
Así, cuando mi alma se arrebata
contemplando en las tumbas silenciosas
las sombras pavorosas,
que animadas mi mente se retrata
cuando la visión crece,
al compás la ilusión se desvanece.
Torno al silencio: los contentos míos,
el blando lloro, el meditar sereno,
hallo solo en su seno;
y la pasión, los ciegos desvaríos,
la razón que los calma.
¡Salve, oh silencio… bálsamo del alma!
LA MARIPOSA NEGRA
Borraba ya del pensamiento mío
de la tristeza el importuno ceño:
dulce era mi vivir, dulce mi sueño,
dulce mi despertar.
Ya en mi pecho era lóbrego vacío
el que un tiempo rugió volcán ardiente;
ya no pasaban, negras por mi frente,
nubes que hacen llorar.
Era una noche azul, serena, clara,
que, embebecido en plácido desvelo,
alcé los ojos en tributo al cielo
de tierna gratitud.
Mas, ¡ay!, que apenas lánguido se alzara
este mirar de eterna desventura,
turbarse vi la lívida blancura
de la nocturna luz.
Incierta sombra que mi sien circunda,
cruzar siento en zumbido revolante,
y con nubloso vértigo incesante
a mi vista girar.
Cubrió la luz incierta, moribunda,
con alas de vapor, informe objeto;
cubrió mi corazón terror secreto
que no puedo calmar.
No, como un tiempo, colosal quimera
mi atónita atención amedrentaba;
mis oídos, profundo no aterraba
acento de pavor;
que fue la aparición vaga y ligera,
leve la sombra aérea y nebulosa,
que fue sólo una negra mariposa
volando en derredor.
No, cual suele, fijó su giro errante
la antorcha que alumbraba mi desvelo;
de su siniestro, misterioso vuelo,
la luz no era el imán.
¡Ay!, que sólo el fulgor agonizante
en mis lánguidos ojos abatidos,
ser creí de sus giros repetidos
secreto talismán.
Lo creo, sí… que a mi agitada suerte
su extraña aparición no será en vano;
desde la noche de ese infausto arcano
¡ay Dios…!, aún no dormí.
¿Anunciaráme próxima la muerte?
¿O es más negro su vuelo repentino…?
¡Ella trae un mensaje del Destino…!
¡Yo… no le comprendí!
Ya no aparece sólo entre las sombras;
doquier me envuelve su funesto giro;
a cada instante sobre mí la miro
mil círculos trazar.
Del campo entre las plácidas alfombras,
del bosque entre el ramaje la contemplo,
y hasta bajo las bóvedas del templo…
y ante el sagrado altar.
«Para calmar mi frenesí secreto
cesa un instante, negra mariposa:
tus leves alas en mi frente posa;
tal vez me aquietarás…»
Mas redoblando su girar inquieto
huye, y parece que a mi voz se aleja,
y revuelve, y me sigue, y no me deja…
¡ni se para jamás!
A veces creo que un sepulcro amado
lanzó, bajo esta larva aterradora,
el espíritu errante que aún adora
mi yerto corazón.
Y una vez ¡ay! extático y helado,
la vi, la vi… creciendo de repente,
mágica desplegar sobre mi frente
nueva transformación.
Vi tenderse sus alas como un velo,
sobre un cuerpo fantástico colgadas,
en rozagante túnica trocadas,
so un manto funeral.
Y el lúgubre zumbido de su vuelo
trocose en voz profunda melodiosa,
y trocose la negra mariposa
en Genio celestial.
Cual sobre estatua de ébano luciente
un rostro se alza en además sublime,
do en pálido marfil su sello imprime
sobrehumano dolor;
y de sus ojos el brillar ardiente,
fósforo de visión, fuego del cielo,
¡hiere en el alma… como hiere el vuelo
del rayo vengador!
«Un momento, ¡gran Dios!», mis brazos yertos
desesperado le tendí gritando:
«¡Ven de una vez, le dije sollozando,
ven y me matarás!»
Mas, ¡ay!, que, cual las sombras de los muertos,
sus nuevas formas a mi voz retira,
y de nuevo circula, y zumba y gira…
y no para jamás…
¿Qué potencia infernal mi mente altera?
¿De dónde viene esta visión pasmosa?
Ese genio… esa negra mariposa,
¿qué es…?, ¿qué quiere de mí..?
En vano llamo a mi ilusión, quimera;
no hay más verdad que la ilusión del alma;
verdad fue mi quietud, mi paz, mi calma…
¡Verdad… que ya perdí!
Por oscuros resortes agitando
vuelvo al llanto otra vez, hondo y doliente,
y mi canto otra vez vuela y mi mente
a esa extraña región,
do, sobre el cráter de un abismo helado,
las nieves del volcán se derritieron…
al fuego que ligeras encendieron
dos alas de crespón.
